lunes, 9 de abril de 2012

Origen de la Primera Comunión ¿fiesta o festín?

Llega el mes de mayo, y con éste, las Primeras Comuniones. Para la Iglesia Católica, se trata de una fiesta religiosa para celebrar que uno de sus miembros comienza, con la Eucaristía, una nueva etapa de crecimiento en su vida cristiana. Para algunas familias, se trata de un festín pagano perfecto para demostrar a los amigos su capacidad económica en torno a una comilona más parecida a una bacanal que a un sacramento. Pero ¿cómo hemos llegado en España a convertir este sencillo acto de fe en un suntuoso evento social?

La Eucaristía tiene su origen en la Última Cena que Jesús celebró con sus discípulos, en la que pronunció una oración de acción de gracias, partió el pan, y lo dio a comer junto con el vino, diciendo que ese pan era su propio cuerpo, y el vino su propia sangre.

La Iglesia Católica cree que las Primeras Comuniones se celebraron de manera íntima y recogida desde los primeros tiempos del Cristianismo hasta bien entrado el siglo XIX. No revestían especial formalidad, ya que no se encuentran apenas referencias al evento ni en crónicas religiosas ni cortesanas, salvo algún leve comentario en biografías. Ni siquiera en el folclore se hallan testimonios al respecto.

Las primeras celebraciones de las que se tiene conocimiento datan de finales del siglo XIX. Ciertas representaciones artísticas de la época lo confirman. Del pintor Federico de Madrazo existen sendos retratos, fechados en 1880, de sus parientes, las señoritas de Santa Cruz, vestidas de Primera Comunión. A partir de allí, aparecen otras obras, como el cuadro del portugués Carlos Reis, en 1892, que representa una procesión de niñas vestidas convenientemente para la ceremonia; y un óleo de Pablo Picasso sobre este tema, hoy en el Museo Picasso de Barcelona.
Con la llegada a España de la Dinastía Borbónica en la persona de Felipe V, también llegan prácticas imperantes en Francia y, sobre todo, en la Casa Real. El retrato de Luis I, aún Príncipe de Asturias, luciendo el hábito de la Orden Capetina del Espíritu Santo, es considerado como su retrato de Primera Comunión. Desde entonces, se tiene registro de la Primera Comunión de todos los miembros de la Familia Real, en actos muy sencillos, incluidos los de la Familia Real emigrada tras la II República, en los que tanto Don Juan Carlos como su hermano, el Infante Don Alfonso, celebraron discretamente sus Comuniones, en 1947.
La comunidad católica española -al principio aristócratas y burgueses- comenzó también a celebrar las Primeras Comuniones de sus hijos, llevados en el estilo por las fotografías de príncipes rusos y daneses. Se conservó durante el primer tercio del siglo XX, el común traje de marinero para los niños, con un ampuloso lazo de seda blanco con flecos dorados y algún símbolo eucarístico bordado o pintado, además de un crucifijo dorado, plateado o de nácar, pendiente de un cordón con borla, y, en algunos casos, hasta un silbato de plata. El vestido de las niñas era parecido a las galas nupciales, habitualmente de organdí, con tocado de flores y tules en blanco representando la pureza, añadiendo los misales, rosarios, guantes, cruces y medallas, que sobrevivieron hasta la década de los sesenta.

Con posterioridad a la finalización de la Guerra Civil se produjo un evidente florecimiento del lujo en el atuendo de los protagonistas y sus allegados, a veces hasta exagerado. Llegaron entonces las menciones alusivas en producciones literarias y cinematográficas, exaltando la celebración como símbolo de riqueza. A tal punto llegó el exceso que, a partir del Concilio Vaticano II, aproximadamente desde 1964, los prelados y el resto del clero procuraron poner coto a tales desmadres, generalizándose en esas fechas el uso de sencillos hábitos, eludiendo las joyas, sustituidas por simples crucifijos de madera. Pero esta tendencia duró poco, aproximadamente hasta 1978, cuando se volvieron a ver vestimentas y celebraciones incompatibles con el espíritu religioso de la ceremonia. Y así, hasta hoy.  

Conviene en estos tiempos de cambios (económicos y sociales), muy parecido a otros ya pasados, reflexionar sobre el sentido de este acto netamente religioso, su origen y su finalidad. Quizá lleguemos a la conclusión de que sólo significa “una participación en lo común” -según la RAE- que bien merece compartir un desayuno, una tarta, unas galletas… en familia, en “comunión”.